DE GUERRA Y MUERTE - TEMA DE ACTUALIDAD Licenciada Susana de Dicker, Psicoanalista

Para nombrar esta conferencia he utilizado el título de un texto freudiano de 1915, por dos razones que finalmente se hacen una: la primera es que la invitación, por parte del EDEP a hacerme cargo de esta presentación tuvo, en cierto modo, que ver con el hecho que yo llevaba pensando el tema de la violencia desde hace algún tiempo. Pero, a partir del atentado terrorista del 11 de setiembre, ya no podía sustraerme al impacto del hecho y sus consecuencias... al horror, al dolor, la locura y la muerte... y a una guerra que estaba anunciada desde el primer día con un rótulo rojo en CNN.
La segunda razón es que al releer, después de mucho tiempo, ese artículo, me sorprendió desde sus primeras líneas... me sorprendió su actualidad, más allá de que estuviera familiarizada con esa característica de los textos freudianos.

Sigamos su letra:
"Envueltos en el torbellino de este tiempo de guerra, condenados a una información unilateral, sin la suficiente distancia respecto de las grandes transformaciones que ya se han consumado o empiezan a consumarse y sin vislumbrar el futuro que va plasmándose, caemos en desorientación sobre el significado de las impresiones que nos asedian y sobre el valor de los juicios que formamos. Creemos poder decir que nunca antes un acontecimiento había destruido tanto del costoso patrimonio de la humanidad, ni había arrojado en la confusión a tantas de las más claras inteligencias, ni echado tan por tierra los valores superiores. Hasta la ciencia ha perdido su imparcialidad exenta de pasiones. Sus servidores, enconados hasta sus últimas fibras, buscan arrancarle armas para contribuir a la derrota del enemigo. El antropólogo tiene que declarar inferior y degenerado al oponente y, el psiquiatra, proclamar el diagnóstico de su enfermedad mental o anímica. Pero es probable que resintamos con desmedida fuerza la maldad de esta época y no tenemos derecho a compararla con la de otras épocas que no hemos vivenciado".

Ya demasiado se ha dicho desde el 11 de setiembre. Hasta parecería que no hay nada más nuevo que decir. De repente hice mía una pregunta que se formula J.A.Miller"(acercándose a Heidegger y a Jean Francois Revel)"¿Para qué los psicoanalistas en este tiempo de desamparo, si sólo están para decir lo que todo el mundo dice muy bien?". Efectivamente, no hay espacios en TV, publicaciones ni Internet que no estén saturados de noticias, análisis, opiniones, ensayos sobre lo ocurrido y lo por ocurrir. Pero hay algo que no puede entrar en serie con todo eso. Y es el modo singular, propio, íntimo en que fue vivido por cada uno de nosotros. De qué modo ese episodio y sus consecuencias tocaron a las puertas de nuestros propios fantasmas, de qué modo impactaron en nuestra subjetividad.

El rostro del horror no es ajeno a la humanidad, ni el terror es ajeno al psicoanálisis ni a su práctica. Los conceptos de pulsión de muerte y goce, más que instrumentos de una teoría, emergen de lo real que asoma a la experiencia clínica, de lo real en la condición humana. Y quizás, más allá de los miles de muertos, más allá del impacto de ver desmoronarse la supuesta garantía de seguridad cuando son tocados el centro neurálgico de la inteligencia y del poderío económico, lo que realmente conmocionó al mundo fue el acto terrorista en sí; esos hombres que no sólo infligen la muerte a otros hombres sino, fundamentalmente, a ellos mismos. Esos hombres que no sólo no retroceden ante la propia muerte sino que se hacen objeto, objeto bomba, realización de un odio absoluto que anula todo sentido. Ser-para-la muerte sin el gravoso peso de la vida...

Eric Laurent, psicoanalista francés, en un comentario respecto al atentado dice: "Si los terroristas hubieran apuntado al símbolo o a la función, les hubiera bastado atacar de noche, cuando las Torres estaban vacías. Su voluntad era, al contrario, la de alcanzar el objeto de goce y matar hombres, asesinar en masa y cuanto más mejor. Los asesinos suicidas quieren la muerte. Gozan del espanto del otro. Su transfiguración circuló repetidamente por los medios. Su ambición es producir lo que sería el signo puro del odio, el que hipnotiza absolutamente, que anula toda significación y testimonia de una voluntad tan malvada como la del Dios de Ángelus Silesius. En síntesis, ha nacido la progenitura maldita: la nueva cruz gamada del siglo XXI."

"Voluntad de matar y de producir terror subjetivo". Tributo a "una letra que borra el deseo y revela ese Dios oscuro que se alimenta del sacrificio y a cuya fascinación es difícil sustraerse." Todas estas, expresiones que tratan de poner palabras, que tratan de significar para apaciguar el horror y la angustia pero, al mismo tiempo, "mientras lo nombro ya estoy separado de ello". El terrorista, el violento, entonces, es el otro.

El fundamentalismo como pensamiento sectario, como pensamiento cerrado en torno a una idea omniabarcante, lleva en sí la consecuencia del cierre mismo: la desproporción. "La verdad crece, no por profundidad o diálogo, sino por repetición, por efecto de sus propios ecos, por reflejos en su propio espejo. La desproporción termina en absolutización. Entonces ya no se trata de nosotros o ellos sino de nosotros contra ellos. Entonces ya no se trata de persuadir, se trata de condenar, decretar, imponer". "Monólogo de la locura o el del poder; o, quizás lo mismo, el de la locura del poder cuando no se escucha más que a sí mismo". Monólogo que termina en catástrofe, en su ley, su propio juicio, su propia destrucción. (Hugo Mujica, sacerdote y escritor español)

Estos días de saturación de información y ante la amenaza de una catástrofe mundial, más de uno se preguntó cuánta más sintonía directa había entre Bin Laden y Bush - desde la ausencia de cuestionamiento que los iguala en una tensión imaginaria - que entre el mismo Bin Laden y los millones de musulmanes que huyen despavoridos hacia las fronteras, separados de él por un abismo cultural.

El pensamiento contemporáneo, más allá de las tendencias globalizantes y posiblemente por el efecto de las mismas, encierra todo un espectro de contradicciones: "Religión y terror" quedan así, en la misma tensión imaginaria que "Libertad y terror". Ahí donde un fundamentalismo religioso prohibe la imagen (no a la televisión, no a la imagen de la mujer) justifica el espeluznante exhibicionismo de los asesinos suicidas. Ahí donde la ciencia supuestamente abriría el camino del bienestar, es ahí donde se pone al servicio del terror.
Hasta ahora podíamos tener distancia con los actos terroristas mientras estaban localizados en el norte de España, en el este de Europa, en Medio Oriente. Era "cosa de los otros". Hoy hemos visto temblar los cimientos de nuestra seguridad, no sólo en el golpe estratégico dado allí, en la "garantía" misma, sino en la amenaza que pende sobre todos nosotros y que ya está presente como realidad: el bioterrorismo y la guerra química.

Sabemos que este terrorismo desplegado y exhibido nos da material y podemos seguir centrados en el horror de esta violencia. Pero el EDEP me hizo la invitación y pensó en las formas actuales de la misma, antes del 11 de setiembre. Quiere decir que hay mucho más allá de ese evento, que hay otras formas de violencia que van más allá de lo espectacular.

Podemos pensar la violencia como consustancial a la historia humana, tanto desde el punto de vista social como desde el punto de vista de la singularidad de cada sujeto.

Desde guerras fratricidas, suplicios refinados, agresiones por encargo, robos de vehículos, narcotráfico; linchamientos, violación de mujeres y niños, secuestros, la violencia de un homicidio aparentemente inmotivado, la de la muerte imprevista e innecesaria del que es víctima de un asalto, las revueltas callejeras, los abusos de las maras, la violencia verbal de dos políticos, de una pareja, de padres e hijos, etc. Todas éstas, manifestaciones violentas. Pero ¿qué decir de la violencia simbólica que convive a nuestro lado, invisibilizada la mayoría de las veces, en tanto es violencia naturalizada? Violencia simbólica en tanto instala otras formas menos visibles pero no por eso menos eficaces y que se ponen en práctica cotidianamente en la familia, en la pareja, en la escuela, en el trabajo, etc. Son formas simbólicas de violentamiento a través de la imposición de sentidos. Profesionales, científicos, religiosos y, cada vez más, la publicidad y los medios masivos nos han dicho y nos dicen cómo somos, cómo sentimos, de qué enfermamos, qué hay que desear, cómo debemos ser, etc. Se construye un consenso por medio del cual, lo que ha producido la cultura es atribuido a la naturaleza. Lo interesante es que, al mismo tiempo, queda invisibilizada la práctica violenta que lo vuelve posible, que instala la creencia en esa "naturalidad". Se conjugan violencias represivas y simbólicas en diferentes ámbitos de la vida social -desde la familia a las instituciones - sostenidas, la mayoría de las veces, en los mismos instrumentos que la cultura dice utilizar en su intento de regular los vínculos sociales.

No es cualquier tema éste que nos convoca. El mismo abre un campo de significación totalmente heterogéneo, un abanico de significaciones que se hacen evidentes apenas empezamos a pensarlo.
La violencia desborda los cauces simbólicos y desequilibra el cuerpo social. Progresivamente y cada vez con mayor facilidad y frecuencia, la intensión agresiva se convierte en acción violenta. Cada vez hay menos umbral entre la fantasía, el pensamiento o el deseo agresivo hacia otro y la ejecución violenta que lo materializa. Cada vez hay menos mediatizadores entre la intención y el acto.
La cuestión es que la violencia es una realidad con la que nos enfrentamos a diario. Pero la cuestión es DE QUE REALIDAD SE TRATA CUANDO HABLAMOS DE LA REALIDAD DE LA VIOLENCIA, aquí o en cualquier lugar. ¿HABLAMOS DE LO MISMO?¿En qué y en cuánto de ella nos sentimos implicados cada uno ? ¿Con qué de ella nos sentimos comprometidos? ¿Y qué de ella permanece invisibilizado para nosotros, nos deja indiferentes?

Es el juego de lo visible y lo invisible en la violencia…ES ALLI DONDE SE HACE EFECTIVA, tanto en lo más singular de cada ser humano, como en la tácita complicidad social. Porque se trata de un juego donde se borran las subjetividades, donde quedan borradas las diferencias violentador - violentado. En sus formas más sutiles nos atraviesa a todos y a cada uno y nos inhibe de discernir desde dónde o hacia dónde va, a quiénes afecta y a quiénes no. Por ello es que la única posibilidad de responder esos interrogantes que nos hemos hecho, es sacando a la violencia del anonimato, de la comodidad del "no tiene que ver conmigo".

Estamos de acuerdo en que no es nuevo que haya violencia en una sociedad. Ella está presente en el núcleo más íntimo del ser humano. La cuestión es que, para ser civilizados, tenemos que frenar nuestros impulsos más crueles; impulsos que, de alguna manera, reaparecen a nivel social TRANSFORMADOS EN SINTOMAS: ADICCIONES, DELINCUENCIA, VIOLACIONES, LINCHAMIENTOS…

A ello se agrega que, de vez en cuando, la sociedad pone los ojos en este tema (disparado por diversos motivos; a veces hasta políticos) y se enciende la maquinaria de los medios de comunicación y, con ella, la profusión de imágenes especialmente televisivas y, con éstas, la intrusión de la violencia de la imagen en nuestro cotidiano hasta fundirla con él y hacerla "natural". Y esto sin considerar que el 90% de las películas que ofrecen el cable y el cine son un exponente cristalizado en la explotación de esa violencia. Esta se instituye, así, en un espectáculo cotidiano.

El atentado contra las Torres Gemelas y el Pentágono, más allá del objetivo de destrucción y muerte, apuntaba también al espectáculo, a la gran orgía del asesinato en directo, al "Reality Show" perverso de filmar la muerte real. Goce sádico que, alejándose de la escena privada, desplegó la obscenidad de un voyeurismo generalizado en el corazón mismo de la sociedad.

Tampoco los periódicos están excluidos de esto. Ellos también recogen lo que hace síntoma en la sociedad y lo devuelven a ella pero ya no como un simple relato, sino desde la imagen viva de la fotografía periodística. Se trata de un mundo, de una realidad que se amplía para nosotros, en el "dejarse ver" de la fotografía o de la imagen televisiva y nos entregamos confiados a la creencia de que eso, lo que la imagen muestra, ES. Apelamos a la garantía de la imagen fotográfica o televisiva que funciona como "EFECTO DE VERDAD". Pero ¿qué ocurre si, de modo intencional, nos trastornan los datos de la "realidad"? Porque no llega a nosotros una imagen aislada. La misma se acompaña de un texto que la comenta, tanto en prensa como en televisión. Texto e imagen ligados en una táctica periodística que procura inducir opinión a través de una información pretendidamente objetiva. Modo de utilizar el "efecto de verdad" de la imagen para "probar" la "veracidad" del texto. Y, entonces ¿dónde está la violencia? ¿Está en la escena capturada o está en el uso que de ella se hace? En los primeros días del atentado terrorista, ya había un entredicho entre el gobierno norteamericano y la cadena CNN alrededor de la veracidad de una imagen captada en medio oriente.
El aumento de crímenes cargados del horror de la violencia que se vive a nivel social, trae consigo la polémica acerca de la influencia que ejercen, al respecto, las imágenes que exhiben los medios masivos. Y aparecen las posiciones encontradas a favor o en contra de la censura y, también, la consideración de que la prohibición es parte de la hipocresía social.

La fotografía periodística, tanto como las imágenes del cine y la televisión, nos acercan a la reaparición de los modos más primarios de violencia y desamparo, en el espectáculo visual. Todo puede verse, todo es efímero, se agota en el vértigo de la mirada. Aparecen de un solo golpe, rotundamente, en imágenes impactantes vaciadas de sentido. La inmediatez anula, paraliza. Hace falta un segundo tiempo para acomodar lo visto a una trama simbólica, para darle un lugar. La imagen muestra y encubre al mismo tiempo. Muestra los acontecimientos como anomalías sin consecuencias, cerrados en si mismos Ellos son su propia explicación. Como si fuera posible acceder a los hechos como tales.

Cuando no hay velos que correr y todo se encuentra ya ahí; cuando la imagen parece una verdad que dice la última palabra, hay obscenidad comunicacional y hay violencia. Violencia sobre lo que es "dado a ver" y violencia sobre el que se fascina en lo que ve. Violencia, obscenidad …porque se pasiviza al sujeto, porque queda neutralizado en su condición de tal, objetivado.
Neutralizado un sujeto como deseante …neutralizada una sociedad que se funda y se sostiene en ellos. ¿Se trata de otra forma de violencia?

Pero en esto no se agota la incidencia de los medios masivos a través de las imágenes y sus textos. Las más de las veces apuntan a bestializar al que cometió un crimen, a destacar al monstruo que hay en él. Modo de segregación, de violencia sobre el sujeto y regalo inesperado para nosotros, los otros, el resto que no es él … porque en tanto la maldad responde al núcleo más profundo del ser humano, estamos en riesgo de reconocernos en cada semejante y de reconocer la posibilidad del mal en nosotros mismos. Bestializando al que cometió el crimen, lo mantenemos del otro lado, en la pura diferencia que pone un velo sobre la maldad que habita en mi. Distancia lograda con el que delinque, viola, mata. ESE NO SOY YO…pero fragilidad de esa distancia, al mismo tiempo porque allí donde quedo atrapado en la fascinación de la imagen y donde creo que no soy el otro …allí más que nunca soy ese otro.

Cuestiones de igualdad y de diferencia que están íntimamente fundidas en la estructuración de cada sujeto y respecto a lo cual no es ajeno el hecho de que la maldad esté incrustada en lo más profundo del ser. En cada asesino reconocemos a un hombre, a un semejante y, con ello, la posibilidad de ese mal en nosotros mismos. Y esto es así porque la constitución del yo se hace a expensas de la imagen del otro. Por eso retrocedemos. Porque lo más próximo que hay respecto a nosotros mismos es el prójimo. E instalamos un velo que separe la maldad que habita en el semejante porque ella habita en mi; es ese núcleo de mí mismo.

Al respecto y respecto a la violencia, el psicoanálisis tiene mucho que decir. Y aunque nos separa más de un siglo desde el inicio de los desarrollos de Sigmund Freud, hay interrogantes y respuestas que conmovieron y siguen siendo actuales para nosotros. Le tocó atravesar los movimientos y crisis de los estados europeos de la segunda mitad del siglo XIX, pero también las dos grandes guerras mundiales. Le tocó enfrentar una persecusión de la que se creía eximido, afrontar la quema de sus libros, perder sus hermanas en los campos de concentración.

Fueron varios los textos donde reflexiona sobre los lazos sociales entre los hombres, pero una de sus últimas obras es un impresionante documento que se anticipa a nuestra desazón actual y lo llamó "El Malestar de la Cultura". Es un texto escrito con dolor ante ese malestar imposible de evitar porque es el precio a pagar por la convivencia humana.

Sigamos un trozo de sus propias palabras :",,,el hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor que sólo osaría defenderse si se lo atacara . Por el contrario, es un ser entre cuyas disposiciones pulsionales también debe incluirse una buena porción de agresividad. Así, el prójimo no es sólo un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él la propia agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo". Incluso va más allá y plantea algo de absoluta actualidad para nosotros: "Nuestros contemporáneos han llegado al dominio de las fuerzas elementales con cuya ayuda les resultaría fácil exterminarse mutuamente hasta el último hombre". ¿No es eso lo que, en estos momentos, mantiene en vilo a Oriente y Occidente?"
No hay ilusión alguna sobre la condición humana, en estos términos. Pero no se queda allí, Hay en él una propuesta, una salida: considerar la violencia, la agresividad, el afán destructor, como lo que hay que domesticar para poder constituir una cultura, una civilización. Es un freno a esos impulsos que nos permite constituirnos en una red social. Pero ésta deja siempre resquicios. No es una obra acabada. Es decir que, para ser civilizados, tenemos que frenar nuestros impulsos más crueles y destructivos. Pero, al mismo tiempo, en la cultura, en la civilización, en la sociedad, ellos aparecerán por esos resquicios de la obra no totalmente lograda, en forma de síntomas. Que podremos llamar guerras, violencia social, delincuencia, hasta la violencia ejercida sobre nosotros mismos en forma de enfermedad, insatisfacción, dolor, etc. Síntomas, malestar, que no son otra cosa que el resultado de la vuelta de la agresión sobre el sujeto mismo. Real que hace reflexionar a Freud de esta manera: "!Qué poderosa debe ser la agresión como obstáculo de la cultura, si la defensa contra ella puede volverlo a uno tan desdichado como la agresión misma!"

De esto no está excluido el hecho de que la cultura sólo pueda alcanzar su meta por la vía de un refuerzo siempre creciente del sentimiento de culpa. "La cultura yugula el peligroso gusto agresivo del individuo debilitándolo, desarmándolo y vigilándolo mediante una instancia situada en su interior"…la conciencia moral, responsable del sentimiento de culpa.

Ninguna institución puede lograr totalmente su fin. Las organizaciones sociales no pueden cumplir, absolutamente, con la promesa de felicidad y armonía para los hombres. Sin embargo, no es posible pensar una sociedad sin los dispositivos simbólicos que tales organizaciones proveen, sin las regulaciones y las normas de derecho que prohiben asesinar, violar o explotar al prójimo. Obviamente, y nosotros lo vemos a diario, la existencia de normas reguladoras no evita que se transgredan las prohibiciones, pero obliga a la aplicación de sanciones como intento de garantizar que ningún miembro de la sociedad tome, impunemente, ventaja sobre los otros. De ello se desprende que una sociedad está en peligro cuando sus integrantes buscan, al margen de las prohibiciones, más allá de las regulaciones, su propia satisfacción. Freud lo deja claro cuando dice :"…la libertad individual no es un patrimonio de la cultura…(ella siempre va a ) experimentar limitaciones por obra del desarrollo cultural". Incluso, en "El porqué de la guerra"(1932) dice que "el poder de los unidos constituye el derecho en oposición a la violencia del único". Pero ese derecho, que es poder de la comunidad, sigue siendo violencia que se dirige a cualquier individuo que le haga frente. Trabaja con los mismos medios, persigue los mismos fines. La diferencia sólo reside, real y efectivamente, en que ya no es la violencia de un individuo la que se impone, sino la de la comunidad."

Si podemos pensar, por un momento, en los grupos humanos que hemos tenido cerca en nuestra experiencia, posiblemente todos coincidamos en que los más estables son aquellos que han logrado que sus miembros desarrollen entre si, lazos afectivos, amorosos y de identificación, por lo cual es necesario que compartan los mismos ideales encarnados en una persona o una idea a los que se les reviste del más alto valor.

Pero esto no significa que los componentes hostiles hayan sido totalmente eliminados de los vínculos sociales. Tan sólo han sido mitigados, reprimidos o desviados de sus fines, temporalmente, por efecto de la identificación.

Si esos componentes agresivos sólo fueron mitigados temporalmente por la identificación y los sentimientos tiernos, en algún momento estarán prestos a manifestarse y, en especial, cuando por razones diversas el ideal común deje de funcionar como tal y el grupo social empiece a disgregarse.
Pero mientras esto no suceda, mientras el grupo permanezca unido, la agresividad puede ser dirigida, sin mayores inconvenientes, hacia afuera del grupo, hacia los diferentes. Hecho que contribuyó a que Freud expresara en "El porqué de la guerra" que "…una comunidad humana se mantiene unida merced a dos factores: el imperio de la violencia y los lazos afectivos (identificación) que ligan a sus miembros".

Cuando los ideales fallan, cuando los líderes (cualesquiera sean) transgreden impunemente las normas que supuestamente debían haber respetado y hecho respetar, cuando el sistema de justicia no funciona para todos, el resultado es que se den las condiciones para el sentimiento de "sálvese quién pueda", "no hay que confiar en nadie", etc. Se debilitan los lazos unificadores, las creencias compartidas. Entonces ¿puede causar sorpresa la satisfacción directa de las pulsiones agresivas en asesinatos, violaciones, secuestros, desmanes y demás actos violentos?.

Las tendencias agresivas reprimidas, desviadas de sus fines hacen su aparición como verdadera manifestación de un malestar social e imprimen un tinte siniestro a los vínculos porque, de repente, el semejante ya no es tranquilizador, ya no es ése al que me unía la identificación a un ideal común. Ahora puede ser un agresor en potencia, alguien peligroso de quien hay que desconfiar. Ya no hay ese ideal haciendo ligadura simbólica. Ahora cada uno de los integrantes de ese espacio social queda a la deriva de su propio imaginario y de una rivalidad en cuyo horizonte está siempre el daño y la muerte.

Cualquiera puede asustarnos si está demasiado cerca. El prójimo se hace desconfiable. Y lo más siniestro, lo más atemorizador viene, a menudo, del que es más parecido a nosotros.
Desde el psicoanálisis, esto tiene una respuesta en la constitución misma del yo. Una respuesta que, al mismo tiempo, nos permitirá distinguir, diferenciar entre si, los conceptos de agresividad y violencia.

La violencia es la acción impulsiva, el puro desborde de la pulsión de muerte; implica una dimensión desintegrante que incluye toda relación de tipo destructivo para si o para terceros. Pero lo que refuerza su peligrosidad es que se vuelve habitual, cotidiana y hasta insignificante.

La agresividad, en cambio, es constitutiva del ser humano en tanto presente en todas las especies animales pero, fundamentalmente, porque es inherente al proceso en que el hombre se humaniza, en que, paradójicamente, pierde su estatuto animal. Desde la intención de avanzar, acercarse, hasta el acto de comprender, todo un abanico de posibilidades semánticas se incluyen en el concepto agresividad. Sólo cuando se transforma en destructiva se enlaza con la violencia.
Al psicoanálisis le interesa rescatar la incidencia de la agresividad en la estructuración del psiquismo. El punto ése en que la cría del hombre, por la indefensión con que se caracteriza al nacer, necesita de otro para sobrevivir, no sólo en lo que respecta a sus necesidades vitales sino a la constitución de su yo. Necesita de la imagen de los otros para la constitución de la suya propia. Paradoja donde rivalidad y agresividad son constitutivas de la estructura del yo porque, desde esa imagen prestada por la que el sujeto se yergue, de la que toma su propia forma, allí donde más cree que es él mismo …allí, por el solo hecho de ser imagen prestada, está siendo, al mismo tiempo, el otro. Cada vez que siente que captura su si mismo, éste, en cierto modo, es también el otro. Siempre habrá un semejante que permita la identificación y la comparación. Así se constituye el yo de cada hombre y de cada mujer; así se construye en una tensión conflictual interna donde a veces es él y a veces es el otro. Los primeros tiempos de constitución de cada ser humano son tiempos en que se estructura rivalizando consigo mismo. Amor y rivalidad son las dos caras de la construcción de la subjetividad. La estructura psíquica se configura, así, como saldo individual del tironeo entre naturaleza y cultura. Desde allí encierra condiciones predisponentes a la violencia porque en este momento estructural se encuentra la matriz de cierto sentimiento paranoide según el cual siempre tememos que el otro, cualquier otro, nos quiera despojar de algo que tenemos por nuestro. Es la matriz de la tensión agresiva por la que el otro se convierte en rival al que estamos enfrentados o del que queremos diferenciarnos . Es una matriz en espejo pues donde apoyamos nuestra identidad, donde nos creemos diferentes allí es donde más somos el otro. Así, cuando el yo cree golpear al otro, se golpea en los fundamentos de si mismo.

Esto crea una particularidad en los vínculos entre los seres humanos, que recuerda la parábola de los puercoespines de Shopenhauer. Esa parábola según la cual los puercoespines, en algún momento, desean acercarse, darse calor. Pero no pueden acercarse demasiado pues sino se clavan las púas. De ese modo, ALGO NO FUNCIONA EN LOS VINCULOS ENTRE LOS SERES HUMANOS. Esa forma ensalzada que es el amor no nos proteje sino que nos lleva, muchas veces, al daño. El odio, la envidia, los celos, el desprecio, la indiferencia, también son formas de vínculo con un otro que no podemos olvidar, del que no podemos prescindir porque está en el seno mismo del nosotros. La normatividad cultural intenta pacificar esto, pero siempre retorna, en el uso común, la tendencia a encontrar en el otro que no soy yo, una referencia negativa y por ello propicia a que alojemos en él, cualquier cosa que se nos ocurra.

La propuesta freudiana de "Psicología de las masas y análisis del yo", incluso su propuesta de "El porqué la guerra" y de "El Malestar en la cultura" apunta a una sociedad que puede cohesionarse en función de un ideal, de un líder o de una idea que lo encarnen. En este último texto lo dice :"La sustitución del poder individual por el de la comunidad es el paso cultural decisivo…" Es un pacto el necesario, un pacto que simboliza el paso de la simple comunidad a la sociedad. Un pacto que se sostiene en el sometimiento a la ley y en el juego de identificaciones. Pero supone, al mismo tiempo, que entre sus miembros haya aquellos que actúen vulnerando reglas y desafiando el poder que las respalda; miembros que se arriesguen a sufrir un castigo. Es posible la homogeneidad por el poder de los vínculos de amor, identificación; pero también es posible el odio. Y lo es, justamente, porque el humano no logra la certeza de lo que es y trata de suplirlo, de recuperarlo, a través del semejante. Y la rivalidad es desplazada desde el nosotros a la rivalidad con los otros. A los de afuera.

El humano necesita del sentimiento del nosotros, de lo que hace masa, de la cohesión en el grupo. Eso le da certeza, identidad. Lo vemos en los "buenos grupos"(tengan o no comillas) pero también lo vemos en las tribus urbanas, en las maras : las insignias, las vestimentas, la adherencia absoluta al jefe producen un apaciguamiento de las rivalidades en el interior; pero la condición es que se redoble el odio hacia afuera y que se redoble la violencia.
El ejemplo de las maras es sencillo de ubicar porque las identificamos con la violencia y con los actos delictivos …y eso no somos nosotros . Pero ¿qué decir de los fanatismos? Más aún, del fanatismo religioso? ¿Cuánta violencia se materializa en nombre de la palabra de Dios, desvirtuando completamente el mensaje de amor fundante de las religiones? ¿Cuánta violencia se ejecuta en nombre de la educación y la salvaguarda de la moral y los buenos principios? ¿Cuánta violencia subyace a los pactos familiares y de pareja?
Siempre habrá motivos que justifiquen la agresión al semejante. La pulsión de muerte, contenida, suspendida por los mandatos y pactos sociales y culturales, ronda en todas nuestras acciones, hasta en las más benevolentes. No obstante, no se trata de aliarse al pesimismo postmoderno sino de no desconocer esto que es constitutivo del hombre y de los grupos, para encontrar la manera, en cada uno, de no elegir la destrucción absoluta. Responsabilizarse de las elecciones y de las acciones en un camino que hace posible una felicidad no idealizada, donde se ejecuta el combate diario con un mal que no está sólo en los crímenes o en las divergencias de grupo, sino también en nuestro propio atravesamiento de la vida y la cotidianeidad. En la manera en que, inconscientemente , nos dividimos contra nosotros mismos.

Si el Malestar es malestar en la cultura, la época y la pulsión se articulan en los síntomas en cada momento histórico. Un psicoanalista argentino dice que el rasgo actual de la subjetividad se acerca más al dormir, al invisibilizar , dejando al deseo anoréxico, bulímico o adicto en tanto el Ideal de renuncia ha dado lugar al consumismo. Por lo tanto, se pregunta, quizás el rasgo de la época no es el malestar en la cultura sino el impasse ético. Ojalá no sea así para nosotros, aquellos que somos supuestos a trabajar en el orden de la supuesta salud mental.